Carlos Muguiro – Los árboles de Dovzhenko y Jorge Oteiza

Carlos Muguiro

Los árboles de Dovzhenko y Jorge Oteiza

El cine ruso y soviético conforma en sí mismo un gran continente invisible. Esa geografía ha justificado, en mi caso, decenas de incursiones tras la obra de Rustam Khamdamov, Victor Sklovski, Vladimir Kobrin, Yuri Shiller o los fondos del VGIK. En ocasiones, sin embargo, la cuestión no es tanto la visibilidad sino el modo misterioso en que se manifiestan esas películas que uno ha buscado, perseguido e invocado durante mucho tiempo. Mitchurine (Michurin), por ejemplo, no es una película propiamente invisible, aunque el Mitchurine que vi en octubre de 1998 fue de una visibilidad irrepetible.

Vi por primera vez Mitchurine, de Alexander Dovzhenko, una tarde a finales de octubre de 1998 en La Habana, el mismo día que la televisión anunciaba la entrada del huracán Mitch por el oeste de la isla. A la salida de proyección el malecón estaba cortado al tráfico por las batidas del mar enfurecido y el cielo anunciaba la terrible tormenta. El rostro más salvaje y oscuro de la naturaleza, tal y como se manifestaba aquella noche, pugnaba en mi mente con las imágenes del paisaje bucólico de los manzanos en flor que acaba de ver en el cine, con el hortus soviético de Michurin, con las postales edénicas de Dovzhenko, con la naturaleza racional y obediente retratada en el film. Proyectado bajo los vientos del Mitch, el Mitchurine de Dovzhenko planteaba de una manera doliente, demasiado real, involuntariamente provocativa, como si el huracán fuera a respuesta al film, la escisión entre cultura y naturaleza que en buena medida recorre todo el cine ruso.

Los manzanos de Dovzhenko me llevan a otro árbol: el cine que nunca filmó el escultor Jorge Oteiza. Entre los numerosos manuscritos inéditos que se conservan en el archivo del artista vasco hay unas breves notas para una película que nunca realizó (ni aquélla ni ninguna otra) y que encabezó con las palabras Documental del árbol. Imaginaba el escultor, a comienzos de los años sesenta del siglo XX: “La cámara da una vuelta entera y boca abajo recorre el tronco, lo empieza a subir. La cámara es lo que mira el hombre. Se tira el hombre sobre la sombra y la abraza”. El movimiento descrito en papel encuentra cierta equivalencia con algunas bobinas en Super 8 filmadas por el escultor, a medio camino entre la pirueta amateur y la experimentación a la manera de Val del Omar, en palabras del propio artista, que hace así referencia a su amigo, José Val del Omar, el director de Fuego en Castilla y Aguaespejo granadino. Esos rollos de Super 8 están en el archivo de la Fundación Oteiza en Alzuza (Navarra). En el gran talento, muchas veces intuitivo, de Jorge Oteiza, encontramos a uno de los grandes pensadores heterodoxos de la historia del cine español. Sus ideas sobre el vaciamiento del espacio, la experiencia extática de la contemplación y la pantalla-muro nunca encontraron plasmación concreta en un film a pesar de que, tras abandonar la escultura, Oteiza consideró seriamente llevar a cine sus ideas. No lo hizo, pero cada día se hace más evidente y necesario incorporar a este cineasta sin películas a la historia del cine español más audaz. Precisamente por su cine invisible.